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El maestro está en el mundo sólo porque hay sitio

“Tu estás en el mundo sólo porque hay sitio”. Esta una de las muchas sentencias que se pueden leer en El día del juicio, novela póstuma de Salvatore Satta (Ed. Anagrama), jurista italiano, de origen sardo para más señas, con una profunda vocación etnográfica y antropológica de la Cerdeña que cabalgó entre finales del diecinueve y mitad del veinte.
La vida de Don Sebastiano, notario local de Nuoro, en el corazón de la isla, sirve de punto de referencia para este fresco tan sugerente. No hace falta conocer la isla para entender la profundidad de los cambios que empezarían a ocurrir con el nuevo ciclo económico, empujado por el turismo, unos cambios que Satta anunciaba en su texto, un mecanoscrito que la familia encontró después de su muerte entre cartas y documentos personales.
Acostumbrado a moverse entre textos legales, Satta muestra un Nuoro y una Cerdeña que ya no fueron y que no importaba que algún volviera a ser lo que no fue: “Don Sebastiano no era hombre para vivir en el pasado, ni para perderse en inútiles sentimientos”. Incluso para mostrar ese desapego, Don Sebastiano no sufría de las pesadillas del presente “porque vivía en el futuro”.
Así, alejado de cualquier pretensión nostálgica, el texto va mostrando -pues solo se trata de eso, de mostrar y no de explicar o justificar, como buen manual etnográfico- costumbres y usos como puerta de entrada para exponer un buen puñado de perfiles antropológicos, desde el campesino al arcipreste, con el bien documentado archivo testamentario del notario, esos “cien volúmenes de escrituras encuadernadas en tafilete, cada uno de ellos con los números de inscripción impresos en negro sobre el dorso: era su biblioteca, los únicos libros que él poseía, pero escritos todos por él, día a día”.
Como bloggero avant la lettre, Salvatore Satta quiso recoger el testimonio de una civilización de ayer pero, a diferencia de Zweig, renunciando al juicio sumarísimo fácil. El día del juicio, como indica el autor, será aquel en el que cada uno deberá rendir cuentas consigo mismo, ya que “para conocerse hay que desarrollar la propia vida hasta el fondo, hasta el momento en que se entra en la fosa”. Pero ese momento no es un momento de soledad porque incluso ese acto final requiere de la colaboración de “alguien que te recoja, te resucite, te cuente a ti mismo y a los demás como en un juicio final”.
Por supuesto, como buen manual antropológico, el libro no puede olvidar la escuela del pueblo. Situada en un antiguo convento incautado a los franciscanos en tiempos anteriores, el edificio aún mantenía la campana en su campanario, que “el bedel, a las nueve en punto tiraba de la cuerda, como hacía el sacristán en tiempo de los frailes”. Un sonido, el de la campana, que tanto había servido en su día para convocar a los feligreses como ahora a laicos, en tiempos y momentos distintos, pero casi con la misma finalidad: reunir a los más pequeños, de edad o de alma, para que reciban la santa bendición de la supuesta verdad.
La enseñanza de Satta es certera y va directa a la razón, más que a la emoción, quizás como buen profesor de derecho. El pasado no importa, menos el presente: solo existe el futuro. Porque la cuestión no estriba en cambiar las cosas sino en atender que las cosas no nos cambien.
En el centenario de la formulación de la teoría de la relatividad de Einstein, quizás el texto nos ayude a reflexionar si la educación ha cambiado o únicamente se ha transformado. Entre renovación a fondo y retoque cosmético, la escuela es de aquellas instituciones que se resiste al cambio y que no resiste los cambios. Esta es su fortaleza y su debilidad, una paradoja que la acompaña desde sus inicios. El maestro está en el mundo, ¿sólo porque hay sitio?

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