En tiempos de exámenes. Una prueba también para los docentes

(A propósito de mi intervención en el programa de radio "Gente despierta", en Radio Nacional de España, 10 junio 2015)

Estos días miles y miles de estudiantes están pasando por exámenes finales donde se juegan parte del curso. Ante un examen, lo habitual es pensar en nervios, en ansiedad, incluso en anécdotas de todo tipo, desde los procedimientos usados para incrementar la atención en estos días hasta los más sofisticados sistemas de copiar. Pero un tema que suele olvidarse es que estos días también se "examinan" los docentes. Como se interroga Salvaoret, "docente inquieto con ganas de aprender", cuando los resultados de las pruebas son flojos la mirada debe dirigirse a uno mismo para descubrir lo que ha pasado, dónde hemos errado como docentes.
Un planteamiento educativo centrado en el alumno no significa que nos olvidemos de nuestra responsabilidad en el proceso de aprendizaje. Es claro que el responsable último siempre será el alumno, que decidirá hasta donde quiere llegar, pero eso no debe olvidar la función del docente como guía e inspirador de ese proceso. 
Ante los exámenes externos, además, como el de la selectividad, o los que empiezan a proliferar para medir todo tipo de competencias, incluidos los PISA, aparece incluso otro ingrediente. La sensación de no quedar mal ante terceros, de demostrar que aquí hacemos las cosas bien, y que estas pruebas vendrán a corroborar (o no) los esfuerzos llevados a cabo, supone incrementar la presión sobre el docente.
Una de las conclusiones que sacamos estos días es que, esto de calificar para evaluar, es quizás los más pesado de toda la tarea docente. Cuando los pedagogos se inventaron eso de la evaluación continua, seguramente también se querían quitar de encima esa presión de jugarlo todo una carta, no tanto pensando en los alumnos sino en ellos mismos. O quizás no, y eso de la evaluación continua, cuando se dan las condiciones materiales adecuadas, puede ser una buena cosa.

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