Rodead@s de pedagogías amarillas

(Fragmento de mi libro Teorizando en educación. Entre erudición, poesía y opinionitis. Editorial UOC, 2015).

"La escuela es uno de los puntos de confluencia hacia el cual convergen concretamente las grandes corrientes del Estado y la cultura modernos. Por eso hoy día todo el mundo se interesa por la escuela." (Diccionario de Pedagogía Labor, 1936) 

Cuando se releen algunas de las entradas del Diccionario de Pedagogía editado por Labor, surge la duda de si esas preocupaciones enciclopédicas hacia la educación y la escuela son fruto de determinadas épocas de la historia (el libro se publica exactamente en 1936) o si la reflexión sobre lo educativo no hace más que dar vueltas sobre los mismos tópicos, con renovadas palabras. Lo que no genera ninguna duda es el hecho de que la educación es un campo abonado para el florecimiento de teorías de todo tipo. Cualquiera puede lanzar la suya propia, sin más base que la opinión, siempre particular («en mi opinión personal»), si cuenta con una audiencia generosa y abierta de oídos. La experiencia personal, o la de un conocido, familiar o vecino, sirve de base factual para sostener los más contradictorios argumentos: que los maestros cobran poco porque el gobierno no invierte lo suficiente es perfectamente compatible, a menudo desde la misma voz, con que los maestros viven muy bien, con sueldos suficientes y horarios generosos, aunque esos mismos maestros son los que tienen que lidiar con adolescentes casi predelincuentes.
La pedagogía amarilla nace, crece y se reproduce en las tertulias, en las chácharas generadas espontáneamente cuando en la sobremesa participan comensales dedicados profesionalmente a la educación. También en las que protagonizan expertos de la opinión, periodistas sin prensa o políticos sin partido, sociólogos metidos a educadores o, aún peor, ministros, proclives a la palabra rápida y al eslogan fácil, opinadores de oficio que generan un caldo de cultivo suficientemente necesario para la emergencia de juicios sumarísimos contra todo lo que se mueva en la educación; opinadores que han sustituido a los intelectuales. El estado de la educación suele ser motivo central de semejantes parloteos.
Se les puede aplicar el adjetivo de amarillas, en sintonía con esa prensa que amarillea la realidad, la segmenta y descontextualiza, resaltando lo más cruento, a menudo lo menos importante de la noticia. De todas maneras, también podríamos aplicar otros muchos apelativos a estas pedagogías que resuelven problemas complejos a golpe de titular: pedagogías tóxicas o contaminantes, pedagogías desaprensivas, también falsas pedagogías, pedagogías cínicas, pedagogías del desaliento, pedagogías casposas, radiofónicas, chantajistas, incluso insanas.
Una condena recurrente de esta opinionitis, que cala entre muchos profesionales de la educación, es que la pedagogía es algo ajeno a lo educativo, secuestrada por pedagogos y sus secuaces. Curioso es que tales opinadores no se escapan, también ellos (suelen ser hombres), de un anhelo insistente por teorizar, dogmatizar y sentar cátedra sobre la educación, no en un sentido meramente descriptivo y crítico, que sería encomiable, sino con un afán normativo desaforado. Quizás la pedagogía se ha ganado a pulso esta condena, pero no estaría de más algo de rigor y conocimiento del terreno.

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