No es WISE todo lo que reluce

La autonombrada Cumbre Mundial de la Educación, el Davos pedagógico, convoca en tres días a lo más granado de la política, la economía y, de paso, la educación para debatir acerca de los males que la acechan, no sabemos si a la educación, a la economía o a la política. Son llamados a Doha, en Qatar, cuyo gobierno no cesa de intentar lavar una imagen, y algo más, bastante manchada.
Desde 2009 se viene celebrando este evento con un alto coste de financiación, bajo el patrocinio, para este año, de Banco Santander y ExxonMobil, además de otros socios, entre los cuales siempre ha estado la fundación de Bill Gates o la supuesta plataforma filantrópica Ashoka. Sobre las siempre inconvenientes relaciones complicadas de estas últimas instituciones con el mundo de la educación, pueden seguirse en distintos hilos por la red. Como es habitual, no faltan las grandes personalidades mundiales, que este año encarna la primera dama de Estados Unidos. Glamour no le falta a la cosa.
Uno de los temas estrella de esta edición volverá a ser el profesorado. En pocas palabras, la pieza débil de la cadena. Ante la falta de imaginación para modernizar los sistemas educativos, y aplicando mecanismos de la economía competitiva, la solución fácil siempre es la misma: pagar mejor a los mejores y echar a los que no funcionan. Ya se aplica en Estados Unidos y se empieza a ensayar en otros.
Bajo este prisma, en la calidad de la educación no tienen nada que ver los recortes sucesivos (España, a la cola en inversión educativa) y la precariedad de las condiciones de aprendizaje (laborales, en la escuela, y socioeconómicas, en las familias), como tampoco la hipocresía política de usar la educación como arma electoral, ahora con la religión o la ciudadanía, ayer con la inmersión lingüística, y mañana con la filosofía o la gimnasia. Por suerte, tenemos la solución.
Ni el profesorado es responsable de la situación del sistema educativo ni la política, ni menos aún la economía, podrán salvar la educación. El profesorado es el primer interesado en ofrecer una educación de calidad. No solo le va el trabajo sino su prestigio y su salud personal. Ningún profesional está satisfecho con su tarea cuando observa cómo el entorno le responsabiliza injustamente de todos los males de la sociedad. Para los políticos, la escuela es el problema y la solución, y es el objetivo y el mercado para (casi todos) los economistas. Cuando vemos un economista opinar sobre educación, temblamos. Cuando lo hace un político, nos encomendamos a algún santo.
Con WISE ocurrirá (cuidado con las previsiones) como con todos los oráculos: será motivo de peregrinación, atraídos por la nómina de personalidades y enormes fastos, y de grandes declaraciones. Lo más peligroso será que algún político mediocre, valga la redundancia, se crea y después quiera aplicar en su país lo que allí se apruebe. Los operadores privados se friegan las manos. No es WISE todo lo que reluce.

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